Tan vital es la sangre, tan dentro de nosotros la llevamos, que a ella apelamos en multitud de ocasiones. Los príncipes la llevan en las venas y en los discursos, los toreros goteadas sobre las luces del éxito, y la de los payos parece valer menos que la calé.
Para los vampiros, más que para los demás, es absolutamente necesaria, casi a diario, en cantidades exactamente mesuradas para no llevar a la fuente de su alimento al agotamiento. Es una acción egoísta y cobarde pero con un alto porcentaje de cuidado hacia la víctima. No hay nada más que leer a Stoker para conocer el comportamiento exacto de estos seres que nos circundan.
En ocasiones, como hoy, cuando mi parte de vampiro siente la llamada de la sangre, y me enchufo más de medio litro del sagrado bermellón, pienso en las víctimas que vinieron al hospital a donarlo sin saber que seria para que yo pudiera, en todo mi esplendor sanguíneo, celebrar mi cumpleaños.
Vampiro soy, pero agradecido. Y como no podré darle las gracias a aquellos a los que succioné un poco de vida, se las daré a aquel que sin haberlo querido, en un acto de buena voluntad y amistad, le puso a disposición todo lo que tenia al peor ángel negro que habita en este Londres de Stoker.