Estaba el Rey Salomón tan tranquilo en su trono, circundado de ciudadanos decentes, de presbíteros judaicos y alguna que otra reinecilla de poca monta, reinando sobre su pueblo. Era un pueblo que le respetaba, le quería tal y como puede querer un pueblo a un rey, un poco por romanticismo y un poco por temor. En este caso se podía añadir que también por el papel de buen consejero en casos desesperados de dificil solución, en los cuales había mostrado seriedad, calma, un poco de raciocinio y, algo de poco uso, como era el sentido común.
Tras largos periodos de paz social, sin afrentas que solucionar ni invasores a los que temer, el pueblo empezó a padecer de una enfermedad muy común y poco tratada: la desidia.
Ese fue el principio.
De la dejadez social que aquello arrastró, surgió también el desinterés, la apatía hacía los demás, el individualismo y al final, la mayor de las lacras: el egoísmo, que arrasó entre la población.
Niños, jovenes y mayores, hombres y mujeres, nadie escapó a él.
Salomón como Zaratrusta, observaba, desde el trono que le había hecho casi invisible a los demás como si de la caverna oscura del eremita se tratase. Veía y oía, sentía y olía. Percibía. Recordaba. Analizaba.
Y un día llamó a todos a la corte y les inquirió sobre aquella conducta adversa a ellos mismo, tan dañina para el mundo, en espera de que alguno despertase de su sueño particular y privado.
Pero cual fue la sorpresa, que en vez de reflexionar individualmente sobre los daños generales causados por estos desvaríos morales, el pueblo se aunó en una acusación hacia Salomón, tachándole de sabelotodo.
El rey, que era muy humano, se sintió herido y lloró.
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